Capítulo XLII: Un sistema más justo y equitativo

Ibiza Melián 17 mayo 2010 1

Fantasmas

Caí vencido con los primeros rayos de sol. Aquel libro me atrapaba poderosamente. Mostrándose ante mí como el más preciado cofre. Recipiente que guardaba celosamente la pócima que curaría a nuestra patria de los grandes males que la aquejaban. Pesares que durante casi dos siglos han provocado que sus dos lados opuestos se enfrenten perennemente. Sendas caras de una misma España, que inocula su letal veneno en todo aquel que ose transitar por sus entrañas. Resultando de clamorosa vigencia los tristes versos del poeta Antonio Machado (1875-1939) cuando entonaba:

“Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.
Españolito que vienes
al mundo, te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.”

Historias de odios y rencores, de envidias y traiciones, que nos atrapan entre sus redes, imposibilitándonos alcanzar la tan anhelada Tercera España. La que describiera Salvador de Madariaga como: la de la libertad, la integración y el progreso.

Con tales pensamientos me fui adentrando lentamente en los dominios de la ensoñación. Campo plagado de escenas reales e irreales, de susurros y lamentos. En ese momento, inesperadamente, un aire frío inundó la estancia, irrumpiendo, entre difusas imagines del más allá, los espíritus de mi abuela y mi tía Clara. Ambas compungidas y con lágrimas en los ojos me aclamaban: “Cuida de Libertad. No permitas que Don Oprobio llega a ella.” Propiciando tan fantasmagórica escena nuevamente mi desvelo.

Y allí tumbado en la cama, percibía nítidamente los intensos bramidos del aire que tocaban en mi ventana como para que los dejara entrar. Desde hacía tiempo intuía un grave presagio, mas me negaba a advertir tal premonitoriedad.

Siempre ella, Libertad, mi querida prima Libertad. Hermosa y ausente. A veces, si cierro los ojos, aún la veo de pie en la estación. La misma tarde gris de un domingo de septiembre, cuando le dijo adiós a su amado Luis. O sentada ante una taza de té en el bar municipal, mientras el programa “te rondaré morena” de “Radio Vecindad”, emitía un dulce bolero del célebre maestro Armando Manzanero.



Incluso memoré las graves advertencias que le hacía Frédéric:

“Libertad, no sabes donde te metes, lo que hasta ahora te han hecho a ti y a los tuyos es poco. Aquí no hay nada personal contigo, no lo olvides nunca, simplemente eres un estorbo en medio de sus intereses económicos. No dudarán ni un minuto en eliminarte. Y cuentan con el apoyo de otras personas, ubicadas en los puestos que menos te imaginas.

Déjalo ya. Acuérdate de los disparos inferidos al primer edil del municipio alicantino de Polop de la Marina, mientras aparcaba el coche frente a su casa. El asesinato del de Fago. ¿Quieres acabar así? No tienes pruebas. Aunque los que vivamos en Matahambre alberguemos fundadas sospechas sobre lo que expones, no existe ningún documento que lo acredite. Y sin algo que los incrimine es imposible que se les pueda imputar un determinado hecho delictivo.”

Fragmentos pronunciados por el descendiente de Bastiat, que más parecieran el epílogo de un dramático relato. Donde confluyen todo tipo de tragedias, salvo un dichoso desenlace.

Tal vez fuera cierto y las nefastas costumbres que lastraban a nuestra frágil democracia fuera harto difícil erradicarlas. Arraigadas poderosamente en su simiente. Corroyendo sibilinamente sus adentros. ¿Y qué podría hacer Libertad para terminar con semejante infortunio? ¿Tendría idéntico fin al del salmón, que tras luchar denodadamente contra la adversa corriente, acaba pereciendo en el ocaso de su angustiado viaje?

Ideas que torturaban mi débil mente, aplacadas si cabe, ligeramente, por la melodía proveniente del longevo transistor del salón. Un hermoso poema de Antonio Machado cantado: “A un olmo seco”, que rezumaba melancolía y esperanza. Sentimientos que embargaban en ese instante mi quebradizo corazón. Esperanza en un mañana mejor y en un feliz término para Matahambre y sus gentes.

Debía proseguir, no podía dejar de leer aquella obra. Pues quizás, entre sus fragmentos, surgiera la respuesta a nuestras plegarias. Aquella que nos indicara el camino a tomar, hacia un sistema mucho más justo y equitativo. Donde las inquietas almas como la de Libertad encontrasen plena cabida y encaje.